REAL OVIEDO

Real Oviedo | Un pivote a contracorriente para comandar la nave azul

Ramón Folch, con la pancarta que le regaló un joven aficionado durante su presentación. / ÁLEX PIÑA
Ramón Folch, con la pancarta que le regaló un joven aficionado durante su presentación. / ÁLEX PIÑA

Criado en una familia ligada al baloncesto en una ciudad entregada al hockey, Ramón Folch desoyó al médico que le aconsejó dejar el fútbol a los 12 años

IVÁN ÁLVAREZ OVIEDO.

Ramón Folch saciará mañana las ganas de comenzar los entrenamientos que expresó el jueves durante su presentación en el Carlos Tartiere. El pivote catalán pisará por primera vez El Requexón en el mejor momento de una carrera deportiva salpicada de obstáculos, sorteados en una larga lucha para convertirse en futbolista profesional.

«Juzgaron su físico cuando la diferencia la marca su cerebro. Ramón Folch nos ha enseñado que el progreso está lejos del foco y en silencio», tecleó el periodista Marc Libiano, encargado de cubrir la actualidad del Reus, cuando el pivote reusense ya había anunciado su marcha del club de la ciudad natal, al que capitaneó en la temporada de su bautismo en Segunda.

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Lucir el brazalete supuso «un verdadero orgullo», como lo calificó el nuevo centrocampista del Real Oviedo, y el epílogo exitoso a una historia en la que tuvo que superar el recelo de los entrenadores sobre su complexión corporal durante su trayectoria formativa, trazada con vaivenes entre equipos por escasez de minutos sobre el terreno de juego y un temprano infortunio a los doce años.

Durante un torneo amistoso en la capital del Bajo Campo se rompió la tibia y el peroné. «A esa edad, en la que los huesos están en crecimiento, no sabíamos cómo podría evolucionar. Me pusieron una placa con siete clavos y el doctor que me operó en Reus me dijo que nunca más podría volver a jugar a fútbol. Entonces miramos más médicos y en Barcelona me dijeron todo lo contrario», recordó en una entrevista al medio digital Sphera Sports Folch, acostumbrado a recorrer un camino diferente al más transitado por quienes le rodean desde sus primeros pasos.

Criado en una ciudad entregada al hockey y en el seno de una familia ligada al baloncesto, su padre se labró un prestigio como técnico en el deporte de la canasta y sus hermanos Anna y Jordi trataron de seguir sus pasos. Ramón, el menor de los tres, eligió el fútbol y de su progenitor heredó, además del nombre, la capacidad para mover las piezas en el terreno de juego.

Una capacidad que no todos sus entrenadores supieron apreciar, lo que le obligó a reivindicarse en modestos clubes de categoría regional como el Roda de Bará y el Vilafranca hasta que su encuentro con el entrenador Jordi Fabregat en las filas del Amposta le dio otra velocidad a su carrera. El ahora técnico del Guijuelo detectó que la visión de juego y la agilidad mental del refuerzo oviedista subsanaban su falta de exuberancia física y no titubeó para entregarle la confianza necesaria para que desplegase sin temor su juego.

Paso por Finlandia

Lo hizo en Amposta y después en Cuenca, donde Folch llegó tras su breve paso por el fútbol finlandés de la mano de Albert Viñas. El centrocampista reusense ya había trabajado anteriormente a las órdenes del técnico y en el verano de 2012, motivado por la posibilidad de practicar inglés, se embarcó en el proyecto del PKKU de la Tercera División del país nórdico aprovechando que allí en período estival se disputa el campeonato liguero.

De vuelta a España celebró en tierras manchegas un ascenso a Segunda B que le reabrió las puertas del Reus. Con humildad y escudado en su inteligencia táctica se hizo un hueco en los planes del malogrado Emili Vicente primero y de Natxo González después, que le otorgó el timón del equipo. En su cabeza y su pie derecho, calzado en una bota del número 47, se estructuraron los buenos resultados de un equipo que le permitió celebrar un histórico ascenso. Un estreno en el fútbol profesional que se hizo más de rogar que su aprobado en Procesado de Señal, la asignatura que más se le resistió en su Licenciatura en Telecocumunicaciones.

«Vengo de categorías muy bajas y quiero seguir progresando», recordó en el Carlos Tartiere, donde estrechó la mano con paciencia y su mejor sonrisa a todos los aficionados que se apostaron en primera fila con el propósito de devolver «el calor» que le comienza a brindar su nueva hinchada. Silencioso sobre el césped como la hache que cierra su apellido, pretende comandar la nave azul para llegar a buen puerto con la marea oviedista y demostrar a sus 27 años que ya no es necesario remar a contracorriente.

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